jueves, 4 de noviembre de 2010

Una esperanza en tres partes.

Jueves 4 de Noviembre del 2010. 18:06 de la tarde. Ya está anocheciendo. Maldito cambio horario. Por mucho que digan, a mí me da que no sirve para nada. En el cd suena The Spirit del Sigh No More de Gamma Ray.

I. Cuento de desesperación.

Las cuerdas oprimían la tráquea de Antonio, que se encontraba en el aire en mitad de una ciudad inmensa y vacía. Era una situación delicada. Si se movía demasiado podía acabar estrangulado. De pronto, de una calle cercana salió una hermosísima muchacha y le preguntó si tenía un segundo de su tiempo para que pudiera hablarle sobre las ventajas sobre la salud del cuerpo y el alma de la filosofía franco-judeo-taoísta. Él le pidió una tijera para cortar su cuerda, pero ella seguía hablando y hablando, con una sonrisa bellísima en la cara, como si en realidad quisiera que siguiera atrapado en aquella cuerda para siempre, mientras ella seguía emitiendo de manera indistinguible sobre cualquier cosa relacionada con algún culto bizarro. En aquel momento, y como iluminado de repente por un martillazo de razón, Antonio le preguntó “¿Acaso estás sola y por eso me hablas y me miras así mientras yo no puedo hacer nada?” Entonces ella dejó de hablar y agachó la cabeza, y él pudo ver lágrimas recorriendo ese rostro que hace unos segundos había albergado la más celestial de las sonrisas. Se sintió miserable, (¡hombre con escrúpulos! ¡De poco sirven ya!) y entendió que el auténtico horror de esa pesadilla era haber atormentado a aquella hermosa muchacha, para que le pesara en la conciencia en aquel mundo vacío, en el que sólo estaban él, un montón de calles vacías, una ciudad infinita y sin nombre, y aquella chica como único habitante que a saber cuánto tiempo llevaría esperando a que apareciera alguien. Habría preferido la incomodidad a secas de la cuerda en su cuello a punto de ahorcarle, antes que la violencia de haber provocado un llanto en alguien así. Que se le iba a hacer. Ahora sólo faltaba que la cuerda se rompiera y él cayera sobre un montón de tertulianos de la prensa rosa.

II. Cuento de despertar.

Salvación. Que palabra más extraña y ridícula. Todos deseamos que nos salven. No sabemos de que carajo, pero lo deseamos como si no quisiéramos otra cosa en la vida. De un enemigo, del mal, del pecado, del trabajo, del dinero, de la muerte, de la vejez, de las tentaciones, del aburrimiento. Bastaba un despertador, uno de los objetos más odiados cualquier día de entre semana, para operar una salvación sui generis. Antonio estaba sufriendo una pesadilla delirante, en la que era perseguido por osos que portaban bates de béisbol e intenciones nada puras, mientras iba vestido con un traje de cortesano del siglo XVII. De pronto oyó la voz de un ángel, y luego unas campanas que venían de lejos y, poco a poco, las campanadas se transformaron en el ruido del despertador que le anunciaba que era la hora de despertar. Al principio fue como volver al limbo primigenio, blanco y puro, libre de toda memoria y recuerdo. Después las cosas volvieron a tener sentido. Sí, esa era la cama en la que se metió ayer por la noche, esa era la pared de enfrente de su habitación, esas sus manos, esos sus pies, esa su vida, medio suspendida aún en la ataraxia, recién salvada de ser imaginariamente apaleada hasta la muerte. Los recuerdos y las cosas volvían a él. Hasta el ruido que provenía de su estómago, que trataba de recordarle que el desayuno no era opcional como encender la tele o no. Salvación, salvación. Tal vez flotara en el té, o la atropellasen como a un gato, o estuviera en sus zapatillas de andar por casa, mientras bebía sorbo a sorbo y se preguntaba ya despierto, que clase de pesadilla debió de tener el que la inventó para crear esa palabra, y se imaginaba dragones de veinte cuernos que perseguían a hombres vestidos de corderos, que perseguían a lobos que tenían miedo, que se dirigían a un precipicio del que salían más dragones.
“Ciertamente una palabra extraña”, pensó antes de terminar su desayuno y salir a trabajar.

III. Cuento de esperanza.

Las nubes pasaban por el cielo, y Antonio las contemplaba en su rato libre en el trabajo. Era una hermosa mañana de otoño, y hacía mucho mejor tiempo del que se esperaba. Cerró los ojos, y sin darse cuenta se durmió en un sueño de delicia. Estaba en el sueño en el mismo lugar en el que había caído dormido, y se quedó por un momento pensando si eso era real o no. Al poco oyó una voz de mujer que cantaba, y al no ver a nadie, se levantó y buscó el lugar del que salía la melodía. Al darse la vuelta vio que nada era igual, y que junto al edificio donde trabajaba ahora había un río que atravesaba la carretera y atravesando el río, un puente, y sobre el puente la mujer que cantaba.
Cuando se acercó para verla y oírla mejor, lobo feroz dormido, descubrió que ese rostro ya lo conocía. Era la chica a la que hizo llorar la noche anterior, y que ahora cantaba para él y sólo para él, y se quedó a escucharla (esta vez sí, esta sí que era una voz de ángel que llevaba una religión mucho mejor). Vio en su rostro la sonrisa que había hecho desaparecer la vez anterior, y en esta ocasión haría que no sucediese otra vez. En esta ocasión fue él quien se puso delante y sonrió, y cuando lo hizo, ella le miró y sonó un gran estruendo. Acababa de caer el edificio en el que Antonio trabajaba, cómo una gran ruina abandonada, que de pronto se acordara que llevaba siglos ahí quieta sin hacer nada, y toda la ciudad infinita y desolada quedaba aplastada y desaparecía bajo el pesado velo naranja de un atardecer que tenía un amanecer que tenía la chica en las manos. La auténtica utopía era una desaparición total. No edificios. No siete de la mañana. No personas. No nada. Tan sólo una voz cantando. Fundido en blanco. Una esperanza inalcanzable.
Terminó el sueño. Antonio despertó rodeado de todos sus compañeros que habían ido a buscarle al ver que no regresaba. Antonio sufrió. La esperanza era cruel cuando se sabía que no se podía realizar y que seguiría teniendo pesadillas en las que armadillos gigantes con la cara de su jefe devoraban niños que lloraban en mitad de una iglesia en ruinas. Pero ahí estaba, y por mucho que doliera ya no podía ignorarla. Antonio nunca volvió al trabajo. Nadie sabe donde se metió. En su alma aún estaba la cicatriz que le dejó aquel sueño, aquel sol infinito y benévolo y aquella canción que nunca dejó de sonar desde entonces.

martes, 26 de octubre de 2010

Espíritu de arena, espíritu de Utopía

Martes 26 de Octubre del 2010. 18:36. La tarde está fresca y ya empieza a atardecer. No apetece demasiado salir a la calle pero va a tener que ser. En el cd suena Paper Triangle, de The Pillows.

Este poema lo escribí, junto a algunas cosas más que ya colgaré a su debido tiempo, para LaFanzine nº4 que tenía como tema la utopía. Es un tema bastante recurrente en mi obra, así que no tuve demasiados problemas para enviar unas cuantas cosas. No obstante, este no fue el texto elegido, por esa razón lo cuelgo aquí en primer lugar. Ahí va:

El sueño de un mundo perfecto,
La ilusión de un Paraíso de nuevo descubierto,
Se parece al espíritu del desierto,
Con sus dunas, con su calor, con su frío, con su miedo,

Es el espíritu de aquello que nunca pudo elevarse del suelo,
Es el espíritu de una montaña que nunca llegó a crecer,
Es el espíritu de un mar que nunca pudo llenarse ni estar contento,

Su espíritu se desintegró, convertido en polvo, en arena,
Recibiendo los lamentos del viento,
Dibujando sobre el suelo la historia de su desdicha,
En las dunas que se repiten,
Igual que los caracteres que forman las palabras de un libro;

En su soledad un día habló,
Ese espíritu puro, noble y condenado,
A permanecer en la tierra y a mirar al cielo,
Como a un espejismo inalcanzable:

“Aquí yazgo yo, infinito desierto,
De horizontes inconmensurables al ojo y al alma del hombre,
¡Yo! ¡Que quise ser montaña! ¡Atalaya del mundo!
¡Sermón de altura! Baldío y triste de día y de noche,
Escribo mi historia en mi cuerpo y mi suelo,
Del que jamás he sido capaz de levantarme.

Las dunas cambian de lugar,
Pero no la historia,
No importa el tiempo que pase,
Aquí todo seguirá igual,
Y en mi soledad recibiré al Sol y a las estrellas,
Humilde y rebajado, ¡por siempre de rodillas!
Y nunca me enfrentaré a ellos,
Elevando mi cima y amenazando con ella al Cosmos.

Dios del Sol, de la música, de la sabiduría, de la belleza,
Dime tú porqué nunca pude,
Por qué siendo tan vasto como el mar nunca pude tener su orgullo,
Por qué siendo tan grande como la montaña nunca pude elevarme a lo alto,
Por qué teniendo este espíritu pleno siempre fui un vacío,
Por qué debo contentarme con ser el lugar de la terrorífica nada,
Si yo quería ascender y ser el lugar de todas las dichas;

Ahora toda mi felicidad se desmorona,
Como una figura fantasmal de arena,
En mitad de una gélida noche de luna llena,
Al contacto de la suave brisa que entre mis dunas sopla.”

Y dicho esto el espíritu de arena se desvaneció,
Y no volvió a decir una sola palabra más en cientos de años,
Tan sólo al cabo del tiempo,
Un hombre solitario y misterioso se atrevió a atravesar el desierto,
Por el que nadie se había atrevido a viajar,
Sin ayuda, sólo él y un libro que traía entre las manos,
Y que acabó depositando en mitad de aquel lugar yermo y vasto;

Después se fue por donde había venido y nada más se supo nunca de él,
El libro permaneció en el seno del desierto por siempre y fue su amigo,
En su portada ponía “Utopía”,
Y todas sus páginas estaban llenas de palabras, (¡palabras vacías!)
Entonces el espíritu del desierto entendió que él y ese libro eran iguales;

De la misma forma que él estaba lleno de arena,
El libro lo estaba de palabras,
Y palabras y arena habían tenido la misma historia,
De un millón de sueños iluminados por el Sol y la Luna,
Que jamás llegaron a levantarse ni de la arena ni del papel.

jueves, 14 de octubre de 2010

El adivino (Volviendo a la vida)

3 meses... todo un verano mudo, en blanco. Ya lo siento. La verdad es que no tengo demasiada justificación para tan brutal abandono si no es que estaba bastante quemado y harto después de todo un curso que no me fue como pienso que debería haberme ido. Ha sido un verano de descanso más bien forzoso, ya que no me sentía en disposición de seguir, y el volcán estaba un poco (bastante) apagado. Pero de todas formas vuelvo, y espero que con fuerza y que los que normalmente solíais leer mis posts volváis a hacerlo. Procuraré dedicar un poco más al blog de aquí en más.

Pasando a otro tema... me asombra mucho que tenga seguidores y que se sigan apuntando, aún no habiendo actulizado en tanto tiempo. Bienvenidos todos los que queráis. En futuras acciones, quizás le de al blog un poco de proyección en facebook o en algún sitio de esos en los que tengo perfil (pero muy de perfil).

Y sin mucha más dilación, una pequeña broma de microrrelato que escribí hace ya algún tiempo.

Un hombre recibió de un adivino la más asombrosa de las predicciones: “Serás amado. Serás querido. Serás seguido.”

El hombre fue orgulloso a su casa, enmarcó las palabras del adivino y las colgó en la pared del salón.

Aquel hombre sólo tuvo una vida mediocre y una muerte normal. Incineraron su cuerpo, arrojaron sus cenizas a los cuatro vientos y derribaron su casa para construir otra. El cuadro, las palabras, la suerte y el adivino se perdieron para siempre. Lo que vio el anciano adivino en realidad fue el cuadro que colgaría aquel hombre con las palabras que él le había dicho y que nunca se cumplieron.

sábado, 5 de junio de 2010

Mundo Paralelo 1 (b)

Emilio del Monte había sido condenado a 34.279 años por crímenes contra la humanidad, y por ser el responsable de una empresa que vendía al por mayor caracolas de color verde y fucsia en tiendas de interiorismo y de alta moda. De hecho, 30.000 años de condena fueron por esto, y los restantes por aquellas diez honradas personas, que nunca se supo que hacían en una carretera a mitad de la madrugada con maletines, trajes, furgonetas y coches de lujo, y que murieron casualmente en una avalancha provocada por su irresponsable patada.
Emilio había escapado de la cárcel. Mientras comía se le cayó un guisante al suelo y, en la caída, el guisante provocó que toda la cárcel se viniera abajo, convirtiéndole en el único superviviente y dejándole ileso.
Escapó a un lejano país del norte llamado Tuguria y allí rehizo su vida.
De nuevo trató de patentar otro de sus inventos, esta vez un cargador de pilas que funcionaba con la autosuficiencia desmedida de la persona que lo utilizaba.
"Este invento es una puta mierda." Fue la seca contestación.
Volvió a irse derrotado con su invento entre las manos calle abajo.
"Contigo las pilas no tardarían ni dos segundos en recargarse." Pensaba mientras caminaba refiriéndose al oficinista de la agencia que le atendió. Siguió caminando, airado y triste, y se cruzó con un pingüino. Esta vez no diremos que hizo Emilio del Monte con el pingüino, en mitad de una calle de una ciudad de la fría nación de Tuguria. En aquel momento, una era glacial asoló todo el hemisferio norte dejándolo hecho un cubito de hielo continental e inmenso, y matando a millones de personas por congelación instantánea.
Cuidado con lo que le haces a los pingüinos.

miércoles, 2 de junio de 2010

Mundo paralelo I

Emilio del Monte caminaba por la calle Pirita, en el barrio Hondas de la ciudad de Buria, en un mundo en el que cualquier suceso puede ser causa de otro si el primero sucede antes que el segundo. Estaba triste porque había ido a la oficina de patentes a registrar un invento para sacarse el cerumen de los oídos mientras se toca el piano y se juega al trivial en tres idiomas distintos y le habían rechazado el registro.
"Este invento es una mierda." Fue la seca contestación.
Deprimido, salió de allí y, caminando por aquella calle, le dio una patada a una piedra que había en el camino. Al instante se dio cuenta de la gravedad de los hechos.
"¡Oh, no! ¡Esto puede ser terrible!" Por aquel entonces, la policía ya se lo llevaba detenido a la comisaría. Su patada a aquella piedra había desencadenado un enorme alud de rocas en una carretera en un país lejano y habían muerto diez personas.
Cuidado con a que le das una patada.

domingo, 16 de mayo de 2010

El gato negro (cuando Poe vuelve a llamar a la puerta)

Domingo 16 de mayo del 2010. 15:16 de la tarde. En el cd suena el "High Hopes" de Pink Floyd.
Es una tarde tranquila. Espero que siga y termine así.

Andaba un día de camino hacía la casa de un amigo, y tenía que pasar por una plaza, que es el sitio donde toda esta historia ocurrió. Era una plaza amplia, pero lo parecía menos porque estaba llena de grandes castaños de indias, formando una especie de pasillo, flanqueado de bancos para sentarse y de extrañas estatuas modernas, de esas que se retuercen y se giran sin aparente sentido. La calle estaba vacía. Ni un coche, ni un peatón, ni una paloma, y el viento, junto con la luz del momento, conseguían que el lugar no pareciese de este mundo. Era una extraña tarde de mayo. Un día cubierto por las nubes, que hacía que las ocho y media de la tarde parecieran una especie de fin del mundo plateado y sereno. Cuando pasé por la plaza, sólo unos débiles y blanquecinos rayos de luz se atrevían a traspasar el oscuro tejado de hojas. Era embriagador. Me hubiera quedado disfrutando de aquella soledad como si fuese el último ser vivo del planeta, pero había algo más. Por el rabillo del ojo lo vi. Un increíble y precioso gato negro había clavado su brillante y avernal mirada en mí.
Me quedé un rato quieto, petrificado. No me quería mover. Sentí terror. No quería girar la cabeza y mirar directamente a ese ser, que parecía estar desafiándome a un duelo a muerte por mi alma. Cerré los ojos. En ese momento, el viento silbaba como el grito de un demonio que quisiera arrastrarme al Infierno. Aún sin verlo, sentía aquella brillante mirada atravesándome por cada centímetro de mi ser. Abrí los ojos. Sólo oí un susurro entre las profundidades de aquella oscuridad. El gato había desaparecido.
Seguí hacia la casa de mi amigo y pensé que aquello había sido como una especie de pesadilla con los ojos abiertos. Una alucinación.
A la vuelta me lo volví a encontrar. Era ya de noche cerrada, y volvía a pasar por el mismo lugar. La plaza entera era esta vez una sombra, salvo por la luz anaranjada y opaca de las farolas, que brotaba de entre las ramas de los árboles, y que luchaba contra ellas por existir. Parecía que aquel lugar tenía vida propia y no le gustaba la luz. Caminaba casi con respeto y temor, como tratando de no provocar, de pasar inadvertido. Casi con el respeto y el miedo con el que se pasa al lado de un monstruo dormido.
En ese momento lo volví a ver. Tenía una de las farolas a mi espalda, y mi cuerpo proyectaba una sombra alargada y fantasmal. En esa sombra apareció, confundiéndose con ella, como si estuviese hecho de eso, pero con esos ojos. Esos ojos brillantes, refulgiendo como no los había visto antes, como auténticas llamas, tratando de quemarme hasta las cenizas.
Pensé que era mi final. Sin duda, mi alma sería devorada por aquel demonio y a mí me encontrarían a la mañana siguiente; mi cuerpo vivo sin mí. Miré a esa bola de oscuridad. No sabía ya si era un gato. En mitad de la sombra no era capaz de distinguir su contorno, tan sólo aquellas dos antorchas amarillas. Entonces ocurrió. Al igual que la vez anterior había cerrado yo los ojos, esta vez los cerró él.
Fue como si desapareciese. Estuve un rato tratando de distinguir su figura, pero no lo conseguí. Me moví para dejar pasar la luz y comprobé que, en efecto, se había ido.
Cuando quise tomar consciencia de nuevo de mí mismo para volver a casa, me di cuenta de que estaba empapado de sudor y de que habían pasado varias horas. Volví a casa y no conté esto a nadie, pero aun siento esos ojos infernales dentro de mí, mirándome y tratando de destruirme en silencio, queriendo quemar cada trozo de mí a cada minuto, a cada segundo. Aún sigo buscando una manera de hacer que cierre esos impertinentes ojos. Esos ojos que desde entonces no me dejan descansar.

sábado, 17 de abril de 2010

La cárcel

Sábado 17 de abril del 2010. Un sabadete cualquiera. En el cd suena el Rainmaker de Iron Maiden. Nada más apropiado para este tiempo.

Un pensamiento, un murmuro de algo vasto y terrible recorre mi mente. Nació a raíz de una vuelta a casa de noche, de esas vueltas a casa que son vueltas al mundo y a la mente en treinta minutos, entre el agotamiento, la euforia enérgica y la sensación de que, en esa clase de momento, podría mandar sobre la noche hasta que quisiera expulsarme el día.
El lugar en el que pensé se asemeja a una cárcel. Digo que se asemeja porque aunque cumpliría con dicha función, no se parece a ninguna que exista o que quizás vaya a existir.
Como las grandes cárceles, está aislada de toda población humana, y separada de ellas por obstáculos naturales de difícil sorteo. Un desierto o la mar océana podrían ser buenos escenarios. La cárcel es esférica, constituida en su exterior de celdas de cristal, y en su interior, de los mecanismos que posibilitan su funcionamiento y algunas habitaciones especiales que son parte de su rareza. Este encierro carece de personal, y sólo se puede salir de ella mediante la acción desde el exterior, lo que imposibilita de cualquier forma los intentos de huida. Carece de personal, porque las celdas no tienen puertas ni entradas, y la propia estructura genera todo lo necesario para la subsistencia de sus juzgados inquilinos. El aire está imbuido de nutrientes y otras sustancias que hacen que la comida no sea necesaria. Cada celda tiene una pequeña bañera con un desagüe que lleva a un colector principal de aguas residuales y también un camastro. La esfera va rotando lentamente, montada sobre dos soberbios ejes. Tarda un año en dar una vuelta completa. La contemplación constante de la naturaleza hostil y de los demás castigados tiene por objetivo dar una sensación permanente de desamparo, ya que aunque unos presos pueden ver a otros, nadie puede comunicarse con ningún otro.
No obstante, lo que realmente es fantástico de esta prisión son dos cosas. La primera es que una vez al año, la cristalera interior de una de las celdas al azar, aunque nunca la misma por casualidad dos veces seguidas, se rompe, y el prisionero puede acceder al interior de la mole. Su interior, si excluimos la sala de máquinas, a la que no se puede acceder si no es a través de una gruesa puerta sellada con grandes candados y cerraduras, es una especie de purgatorio. Un lugar terrible, sobrecogedor y artificial, diseñado para que el visitante entienda que está ahí para redimir sus culpas. Paredes deformadas de materiales oscuros, tendiendo a techos imposibles y retorcidos, flanqueados por vidrieras iluminadas por luces artificiales, estatuas de la diosa de la justicia, que es la de la venganza legítima, y de los grandes pecados del hombre: la compasión, el conformismo, la estupidez, y la violencia hija de estas otras tres. En las paredes y en las vidrieras, el reo podría leer la historia de cada recluso, y como todas esas letras grabadas en piedra e inamovibles se dirigen a un agujero negro y vacío, que se encuentra en el lugar en el que tendría que estar el altar a Dios.
La segunda característica extraordinaria es que esa cárcel sólo existió por un año, pero por toda la eternidad. Existió en un año cualquiera de un pasado lejano, en el que es imposible que ningún explorador osado hubiera podido encontrarla. Lo que sucede es que cada vez que da una vuelta, el tiempo se reinicia, y toda la cárcel retrocede un año, menos los propios presos, empezando y continuando así de nuevo una y otra vez hasta quien sabe cuando.

sábado, 20 de marzo de 2010

Vida

Brillante se esconde un oscuro sol tras perpetuas montañas,
Inconscientes de que su gris sombra eclipsa la esperanza,
Pero nada puede retenerlo,
y aún en su cárcel de éter y roca sigue reinando y regalando luz,
a aquellos que como él perdieron su libertad a volver a creer,
y les enseña que hasta la más alta montaña cede contra constancia

Con el ceño fruncido mira al resto del mundo,
¿Dónde se vio que los hombres rechazaran al Sol?
No son hombres los que le expulsaron acaso,
Sino monstruos que disfrutan destrozando a otros,
Devorando como fieras ocaso tras ocaso

La luz se pregunta si el mundo se volvió ciego,
Si sus ojos se quemaron,
Si tal vez se volvieron viejos y se cayeron,
O si tal vez se los arrancaron,
Antes que poder ver sus propias manos,
Tirando piedras a casas y tejados;

Imposible esconder esas manos culpables,
Esos dedos están marcados por las piedras que acertaron,
Y siempre lo estarán,
Pero si la luz no llega a las marcas,
Nadie los verá y nadie lo querrá ver ni lo creerá,
La luz se pregunta si el mundo se quedó ciego;

Si el Sol perdió su magia y su brillo,
Si el Sol se ha quedado mudo,
Y ya sólo queda oscuridad y miedo,
Para todo lo que aún tenga una llama encendida,
Que quiera revelar esas llagas cerradas,
Que protengen unas manos podridas,
Que protegen una mente enferma,
Que protege un mundo loco y absurdo,
Que considera al Sol un insulto,
A su ignorante y triunfante avaricia,
Si el Sol perdió su magia y su brillo,

Pero el Sol no ha perdido nada,
Escondido tras oscuras y perpetuas montañas,
Espera a que vuelva a ser su momento,
Para quemar los ojos de los lapidadores,
Y para volver a su lugar en lo alto del mundo,
Pues el Sol no ha perdido nada;

No te rindas entonces,
Sol que tratas de brillar en esta cueva,
Fría, aislada, primitiva, avernal, cerrada,
La oscuridad a la que te han sometido,
No puede durar para siempre,
Por mucho que se empeñen los viejos y podridos señores de la noche,
No te rindas entonces;
Aún tienes mucho fuego ardiendo en tu interior,
Ese fulgor que aún sería capaz de levantar palacios de imaginación,
Ójala algún día todavía pueda tener el suyo en la Tierra,
¡No te rindas entonces!