I. Cuento de desesperación.
Las cuerdas oprimían la tráquea de Antonio, que se encontraba en el aire en mitad de una ciudad inmensa y vacía. Era una situación delicada. Si se movía demasiado podía acabar estrangulado. De pronto, de una calle cercana salió una hermosísima muchacha y le preguntó si tenía un segundo de su tiempo para que pudiera hablarle sobre las ventajas sobre la salud del cuerpo y el alma de la filosofía franco-judeo-taoísta. Él le pidió una tijera para cortar su cuerda, pero ella seguía hablando y hablando, con una sonrisa bellísima en la cara, como si en realidad quisiera que siguiera atrapado en aquella cuerda para siempre, mientras ella seguía emitiendo de manera indistinguible sobre cualquier cosa relacionada con algún culto bizarro. En aquel momento, y como iluminado de repente por un martillazo de razón, Antonio le preguntó “¿Acaso estás sola y por eso me hablas y me miras así mientras yo no puedo hacer nada?” Entonces ella dejó de hablar y agachó la cabeza, y él pudo ver lágrimas recorriendo ese rostro que hace unos segundos había albergado la más celestial de las sonrisas. Se sintió miserable, (¡hombre con escrúpulos! ¡De poco sirven ya!) y entendió que el auténtico horror de esa pesadilla era haber atormentado a aquella hermosa muchacha, para que le pesara en la conciencia en aquel mundo vacío, en el que sólo estaban él, un montón de calles vacías, una ciudad infinita y sin nombre, y aquella chica como único habitante que a saber cuánto tiempo llevaría esperando a que apareciera alguien. Habría preferido la incomodidad a secas de la cuerda en su cuello a punto de ahorcarle, antes que la violencia de haber provocado un llanto en alguien así. Que se le iba a hacer. Ahora sólo faltaba que la cuerda se rompiera y él cayera sobre un montón de tertulianos de la prensa rosa.
II. Cuento de despertar.
Salvación. Que palabra más extraña y ridícula. Todos deseamos que nos salven. No sabemos de que carajo, pero lo deseamos como si no quisiéramos otra cosa en la vida. De un enemigo, del mal, del pecado, del trabajo, del dinero, de la muerte, de la vejez, de las tentaciones, del aburrimiento. Bastaba un despertador, uno de los objetos más odiados cualquier día de entre semana, para operar una salvación sui generis. Antonio estaba sufriendo una pesadilla delirante, en la que era perseguido por osos que portaban bates de béisbol e intenciones nada puras, mientras iba vestido con un traje de cortesano del siglo XVII. De pronto oyó la voz de un ángel, y luego unas campanas que venían de lejos y, poco a poco, las campanadas se transformaron en el ruido del despertador que le anunciaba que era la hora de despertar. Al principio fue como volver al limbo primigenio, blanco y puro, libre de toda memoria y recuerdo. Después las cosas volvieron a tener sentido. Sí, esa era la cama en la que se metió ayer por la noche, esa era la pared de enfrente de su habitación, esas sus manos, esos sus pies, esa su vida, medio suspendida aún en la ataraxia, recién salvada de ser imaginariamente apaleada hasta la muerte. Los recuerdos y las cosas volvían a él. Hasta el ruido que provenía de su estómago, que trataba de recordarle que el desayuno no era opcional como encender la tele o no. Salvación, salvación. Tal vez flotara en el té, o la atropellasen como a un gato, o estuviera en sus zapatillas de andar por casa, mientras bebía sorbo a sorbo y se preguntaba ya despierto, que clase de pesadilla debió de tener el que la inventó para crear esa palabra, y se imaginaba dragones de veinte cuernos que perseguían a hombres vestidos de corderos, que perseguían a lobos que tenían miedo, que se dirigían a un precipicio del que salían más dragones.
“Ciertamente una palabra extraña”, pensó antes de terminar su desayuno y salir a trabajar.
III. Cuento de esperanza.
Las nubes pasaban por el cielo, y Antonio las contemplaba en su rato libre en el trabajo. Era una hermosa mañana de otoño, y hacía mucho mejor tiempo del que se esperaba. Cerró los ojos, y sin darse cuenta se durmió en un sueño de delicia. Estaba en el sueño en el mismo lugar en el que había caído dormido, y se quedó por un momento pensando si eso era real o no. Al poco oyó una voz de mujer que cantaba, y al no ver a nadie, se levantó y buscó el lugar del que salía la melodía. Al darse la vuelta vio que nada era igual, y que junto al edificio donde trabajaba ahora había un río que atravesaba la carretera y atravesando el río, un puente, y sobre el puente la mujer que cantaba.
Cuando se acercó para verla y oírla mejor, lobo feroz dormido, descubrió que ese rostro ya lo conocía. Era la chica a la que hizo llorar la noche anterior, y que ahora cantaba para él y sólo para él, y se quedó a escucharla (esta vez sí, esta sí que era una voz de ángel que llevaba una religión mucho mejor). Vio en su rostro la sonrisa que había hecho desaparecer la vez anterior, y en esta ocasión haría que no sucediese otra vez. En esta ocasión fue él quien se puso delante y sonrió, y cuando lo hizo, ella le miró y sonó un gran estruendo. Acababa de caer el edificio en el que Antonio trabajaba, cómo una gran ruina abandonada, que de pronto se acordara que llevaba siglos ahí quieta sin hacer nada, y toda la ciudad infinita y desolada quedaba aplastada y desaparecía bajo el pesado velo naranja de un atardecer que tenía un amanecer que tenía la chica en las manos. La auténtica utopía era una desaparición total. No edificios. No siete de la mañana. No personas. No nada. Tan sólo una voz cantando. Fundido en blanco. Una esperanza inalcanzable.
Terminó el sueño. Antonio despertó rodeado de todos sus compañeros que habían ido a buscarle al ver que no regresaba. Antonio sufrió. La esperanza era cruel cuando se sabía que no se podía realizar y que seguiría teniendo pesadillas en las que armadillos gigantes con la cara de su jefe devoraban niños que lloraban en mitad de una iglesia en ruinas. Pero ahí estaba, y por mucho que doliera ya no podía ignorarla. Antonio nunca volvió al trabajo. Nadie sabe donde se metió. En su alma aún estaba la cicatriz que le dejó aquel sueño, aquel sol infinito y benévolo y aquella canción que nunca dejó de sonar desde entonces.



